5.10.2011

Memorias de una Pulga, introducción del Libro

INTRODUCCION DEL LIBRO ERÓTICO.Es fácil comprender porqué esta contenciosa narración permanece en el anonimato. Escrita en tiempo en que el arte del simbolismo reemplazaba los peligros  de  las  expresiones realistas, su autor se  propuso, sin  duda, transmitir a sus lectores el        impulso sexual interior de un hombre, comparándolo con su aspecto exterior. A mi modo de ver, no cabe duda de que el narrador estaba tan lleno de sus descarriadas fantasías, que imaginó todas las situaciones sexuales concebibles, por muy irreales e increíbles que fuesen, con tal de dar satisfacción a su anormal lujuria.
El relato abarca un conjunto de perversiones o desviaciones sexuales comunes y anormales, y da comienzo con el despertar del deseo sexual de una  jovencita por  el  sexo  opuesto, y  que  continúa describiendo actos anormales, como aquel en el que el individuo encuentra placer sexual en ver cómo otros realizan el coito, o el exhibicionismo, en méritos del cual el hombre muestra sus  órganos  sexuales  a  una  observadora  del  género femenino, y que encuentra satisfacción en el azoro con que reacciona ella ante el espectáculo, sintiendo que ha efectuado un desfloramiento psíquico.
El autor, al presentar esta extraña situación, sitúa este aspecto desviacionista en el marco de una situación no natural. El sadismo y el masoquismo están representados por tres hombres maduros que entablan relaciones sexuales con la muchacha por las vías vaginal, anal y bucal. Sin embargo, se introduce otro aspecto desviacionista cuando se presenta a la joven como siendo de tipo ninfomaníaco, de deseos tan intensos que nunca pueden encontrar satisfacción completa, y cuya libido va in crescendo con cada nueva conquista. El incesto, es decir, las relaciones sexuales entre parientes próximos, se manifiesta cuando el tío de la muchacha la seduce también.
Por la palabra “símbolo” entendemos que se sugiere algo por relación, asociación de  ideas  o  mutuo convenio. Muchas de  nuestras imágenes recordadas  pueden ser  realzadas  y  distorsionadas, hasta  el  punto de convertirlas en grotescas. Pero en realidad     no son sino   fantasías, o combinaciones de recuerdos varios. Durante los siglos XVII y XVIII, época en que se  desarrolla la presente historia, se  produjo en Europa central un movimiento popular de protesta contra los convencionalismos, llegándose al extremo de presentar a las figuras más astutas bajo extraños aspectos, en una tentativa por escapar a los límites restrictivos. Thomas Paine dijo: “Lo sublime y lo ridículo se encuentran a menudo tan próximos, que es difícil separar uno de otro. Un paso más arriba lo sublime se vuelve ridículo; un paso por encima de lo ridículo nos lleva a lo sublime”. El presente relato, de ribaldo simbolismo, se ajusta extraordinariamente a esta definición.
El narrador de  nuestra novelita es  una pulga común y  corriente (O extraordinaria, por mejor decir, en el sentido del relato); una pulga que no es sino un insecto succionador de sangre, altamente capacitado para la vida parasitaria y  con gran capacidad para deslizarse  entre los pelos y  las plumas. La pulga humana —Pulex Irritans— acecha al hombre como lo hace la nigua. Algunos seres humanos son inmunes a las picaduras de la pulga, y no experimentan efectos  irritantes, aun cuando permanezcan por largo tiempo expuestos a las mismas. Esto explica por qué nuestro amigo —el señor Pulga— pudo viajar por todas partes, inspeccionarlo todo y contárnoslo todo. A título de disgresión, diremos que es notable la gran complejidad que pueden llegar a alcanzar los parásitos. Por ejemplo, en una determinada oruga pudieron descubrirse otras 23 variedades de insectos, cada uno de los cuales soportaba a otros 13, los que, a su vez, daban también albergue a dos o más cada uno.
Observada  en  este nivel tan  bajo, la  vida,  en  cualquiera de sus manifestaciones, tiene que ser considerada en un nuevo aspecto. Tengo para mí que el autor, con un caprichoso toque de sátira, se valió de la pulga como un símbolo de los ojos humanos, que desean ver las cosas que no pueden observar abiertamente. De esta manera las visualiza mentalmente, con lo que. de paso, para provocar sus emociones, profundiza hasta lo más hondo de la marea sexual. Los necios son mi tema; dejad que la sátira sea mi canción”.     Este   pensamiento, tomado de English  Bards and Scotch Reuiewers, suele ser aplicable cuando los hombres frustrados pugnan por desprenderse de sus inhibiciones.
Los motines iniciados al grito de “¡Abajo el papismo!”, desencadenados en 1780, revelan la inquietud en aquellos tiempos de un populacho soliviantado contra el autoritarismo y rebelándose para separar las leyes de la naturaleza de las de los hombres, al parecer diametralmente opuestas. El hombre, desde los albores de la humanidad, ha discrepado de las leyes de la naturaleza y  las  ha alterado para  adaptarlas  mejor a  sus impulsos egoístas. Es a menudo cierto que aquellos individuos que más se ajustan a un código ético abrigan en su seno los deseos sexuales más heterodoxos e insatisfechos, aunque es este subconsciente el que los encamina hacia el campo opuesto.
De manera similar, en la misma época, en las colonias de Norteamérica los puritanos sujetaban al pueblo a leyes tan estrictas que, en realidad, constituían la negación de una existencia normal. Las leyes matrimoniales significaron la separación de muchos enamorados, quienes, temerosos de disgustar a sus padres, recurrieron a entrevistas furtivas y a desahogos clandestinos.
El  amor fue  estigmatizado  en  todos  sus  aspectos  por los  teólogos puritanos como el más poderoso instrumento de Satanás, y hasta el simple idilio fue desaprobado, asociándolo con el pecado original. Con el más fútil pretexto los jóvenes eran clasificados entre    la gente más baja, anatematizándolos con palabras en las que, lisa y llanamente, se proclamaba que “es práctica común en diversos lugares destinados a los jóvenes que éstos muestren sus malvados propósitos, y se acerquen a las doncellas con fines malévolos, por lo cual se ha desarrollado mucha maldad en torno a nosotros para menosprecio de Dios y daño de nuestras personas
No hay que decir que en tales circunstancias los adolescentes, como es el caso de la juvenil Bella y de su admirador, se juntaran a escondidas para dar satisfacción a sus necesidades íntimas, En el caso de los puritanos, las leyes contra el galanteo secreto que acabamos de mencionar no aseguraron la moral, como lo prueba un simple examen de los registros judiciales de la época. En realidad, el vicio de una legislación excesiva tiende más bien a extender  los  males  que  trata  de  prevenir. Esta  rara  situación vino  a agravarse  con la costumbre del “enfardamiento”, que se hacia necesario

cuando un joven había caminado mucho para ver a su amada, y no tenía ya tiempo para regresar a su hogar.
Se le permitía entonces quedarse en la casa de la familia de la novia, en la que dormía junto con los familiares de ella, cubriéndose todos con mantas y pieles. De esto resultaba el coito entre el mozalbete y la doncella, y el acto, realizado  tan cerca de  él,  sin duda  estimulaba sexual-mente  al  padre, satisfecho de la parte que había tomado en la consumación de aquél. Por extraño que ello pueda parecer, ninguna joven era criticada por errores cometidos durante el “enfardamiento”, y éste no perjudicaba en nada las ulteriores posibilidades matrimoniales de la muchacha.
En esta misma época se promulgó una ley contra “la intemperancia, la inmoralidad y la irreverencia”, que prohibía en todo momento cualquier clase de  música, tanto de  cuerda como de  viento, en  las  tabernas y  casas públicas, así como cantar, bailar y hacer algazara en las mismas.
Para acentuar el resentimiento de la gente contra estas severas prohibiciones, fue ésta la era en que la brujería comenzó a asomar su fea cabeza. Sus verdaderos comienzos hay que buscarlos en los escritos hebreos, donde encontramos a Bebemot, deidad monstruosa descrita por Job como “poderosa criatura de cola grande como un cedro, los tendones de sus piedras están atados juntos”. El vocablo latino para indicar la piedra es testiculus, con lo cual, según se cree, se pretende asociar la divinidad con los atributos sexuales, de la misma manera que el falo se ha tenido siempre como   símbolo representativo de la actividad creadora universal. Los sacerdotes de Baal siempre entraban desnudos a sus templos, y las mujeres exhibían su cuerpo ante la imagen adornada de un falo, a la que rendían pleitesía.
En la edad media los hombres, atosigados por el cúmulo de normas y de leyes que les imponían tanto los gobernantes como los representantes de la religión, iban en busca de caminos descarriados para dar satisfacción lo mismo a su naturaleza espiritual como a la carnal. Siempre han existido dos principios de luz y sombra, en oposición y conflicto permanentes, Del centro de Europa partieron los adoradores de Satanás, oficiales de la misa negra, cuya creencia en el agnosticismo situó a la doctrina del conocimiento por encima de la fe, e incluso de la moral. A menudo se recurrió al racionalismo para acomodarse a los niveles religiosos del momento.
Tales gentes creían en un Dios bueno, pero pensaban que el mundo material, en el que estaba  incluido el cuerpo físico, era creación de  un espíritu maligno. Siendo mala la materia prima, creían que ésta no podía ser el vehículo de la gracia divina. Otros creían que la divinidad era el origen de todo —el bien y el mal— y que el hombre se inclinaba hacia la luz o hacia la sombra, siguiendo sus inclinaciones. En realidad, la brujería es una forma de dualismo religioso que a menudo encuentra adeptos entre los confusos e ignorantes miembros de la ortodoxia organizada, quienes no    pueden adaptarse a las rígidas normas a las que tienen que hacer frente.
Es en esta  confusa era donde hay  que buscar las  raíces de  estas MEMORIAS DE UNA PULGA. El hombre, siempre reacio a  someterse al conformismo y a la autoridad, pensó en poner al descubierto las fuerzas de la pasión sexual más crasa, la lujuria y la algolagnia (al causar o sufrir dolor para incrementar  el placer          sexual que proporcionan   tanto  mayor.

satisfacción a su naturaleza sexual cuanto más alta es la categoría social de las personas de quienes se trata.
El barón Gules de  Laval  Rais,  conocido como el  “Barón Negro”,  e íntimamente          asociado       con     la iglesia, fue uno    de los que fueron desenmascarados como cultivadores del satanismo. Después de su captura y  enjuiciamiento confesó  sus     monstruosas actividades  y  sus  crímenes sádicos,  cometidos en  niños a  los  que  sacrificó al  diablo,  practicando incisiones en su garganta para sorberles la sangre por la yugular, además de vio-bríos  antes y  después del sacrificio. Fue ahorcado y  quemado y después de muerto se descubrieron en la torre de su castillo los esqueletos de alrededor de doscientas de sus víctimas. Sin embargo, por extraño que parezca, cuando era conducido al suplicio rogó —y le fue permitido— que se le autorizara para arrodillarse a orar y pedir perdón a Dios y a los cientos de personas que se habían congregado para presenciar su ejecución. Tanto poder había en su verbo, y tanto magnetismo irradiaba su personalidad, que más tarde fue erigida una estatua en el lugar donde se le ajustició y quemó, y por años las mujeres estériles acudieron al sitio del sacrificio para implorar el don de la maternidad.
Cabe en lo posible que una personalidad sumamente narcisista sea la autora de este librito, MEMORIAS DE UNA PULGA.
La autosexualidad, o el amor a sí mismo, es tal vez la forma más trágica y perversa de amor sexual conocida, ya que nadie comparte con esta clase de enfermos los placeres del amor erótico. El mismo es su compañero en el acto sexual, excitado por escritos sensuales o por ideas de la naturaleza más erótica. Después que el narcisista llega al clímax de la masturbación se siente cada  vez  más solo y  culpable, así  como menos capacitado para competir con el mundo normal.
El autosexual, por lo común, es aquel a quien las circunstancias han negado el escape de la energía sexual por conductos normales o irregulares, por cuya razón se  evade  hacia el mundo de la autosexualidad. Muy a menudo llega a este punto culminante sin experimentar placer alguno que valga la pena, denotando conflicto entre el Id. la disposición inconsciente y fundamental a partir de la cual se desarrollan el anhelo y el placer, y el Súper Ego, censor interno del Ego. la parte del inconsciente influenciado por los sentidos, habiendo tomado conciencia al contacto con la realidad, y con el placer asociado al acto.
El verdadero homosexual  sólo encuentra placer sexual en  la masturbación, durante cuyo acto puede ponerse a sí mismo en relación a una situación erótica de su gusto.
LAS MEMORIAS DE UNA PULGA son un relato para mentes adultas, la expresión de una mente humana en busca de renunciar a lo anormal para encaminarse hacia lo normal, y caen dentro de un tipo de literatura que actualmente se reconoce como necesaria para el estudio de la conducta humana. Es cierto que cuando comenzamos a investigar los hechos íntimos y reales de la vida sexual del hombre tropezaremos con tantos modelos como individuos examinamos. Frecuentemente, demasiado  frecuentemente, son aquellos que en apariencia parecen reprobar las manifestaciones sexuales quienes poseen una          naturaleza más marcadamente erótica. En esta ambivalencia  de sentimientos, en el experimentar dos sentimientos

contrarios, tales  como el  amor  y  el  odio,  lo  correcto y  lo  erróneo, se encuentran las raíces mismas de la desviación y la variedad sexuales. En último término, diciéndolo con palabras de Freud:
¿quién puede decir, a fin de cuentas, qué es lo normal y  qué es lo correcto.., o lo que puede ser anormal o erróneo? ¿Quién puede decirlo?........